Oct 29 2008
…en el metro
En días de lluvia es cuando dejamos la moto y nos disponemos a coger el metro, ese gran transporte público. Parece mentira, pero existe un gran número de curiosidades que nos rodean mientras esperamos a que los desvencijados vagones lleguen al andén.
Al acceder a la boca del metro, y dependiendo de la zona en la que viváis, os percataréis de la fauna diversa que reside en el acceso a la gruta diabólica. Vamos a enumerar unos cuantos de ellos:
- El yonqui que te pide pasta: de base, intentaremos evitar a este personaje. Sin embargo, si somos tan cautos de dirigirle la mirada, caeremos presa de su tan repetida frase: “Perdona, pero es que me falta 1 euro para pillar el metro…”. ¡Válgame Dios! ¡Si ayer por la tarde ya me pediste! Me da en la nariz que a este paso vas a llegar tarde pero fijo…
- El guiri que se da el leñazo: este es increíble. Introduce el ticket en la máquina, va a pasar y… ¡toma! Hostia en las partes bajas. ¡Por la derecha, cenutrio! ¿Qué no ves la flecha? Pero éste se empeña en empujar el rodillo haciendo ademanes claros de que hay algún problema con el torno. El pobre infeliz no piensa que lo hacemos así simplemente para joder a los extranjeros…
- El bareto de metro: qué podemos decir de tan típico establecimiento. Carajilleros de las 8, cerveceros + bocata de bacon para coger fuerzas, y, como no, ese inconfundible cortado imposible de despegar de la barra.
- El que se pelea con la máquina de los tickets: este espécimen es claramente reconocible por las veces que debe volver a recoger las monedas de la máquina, ya que o se le ha pasado el tiempo o es incapaz de atinar en las opciones de la maquinita. ¿Tal vez se piensa que es una tragaperras? ¡Oiga, me han salido las tres cerezas!
Hay muchos más, pero creo que estos son los principales. Descendamos ahora hacia las entrañas de la bestia.
Primero de todo, como no solemos coger el metro, nunca nos acordamos si la futura salida está en la cabeza o en la cola. Para no parecernos a nosotros mismos imbéciles, decidimos democráticamente (faltaría más) situarnos en el medio del andén, así nuestra conciencia queda apaciguada. Ahora sólo queda esperar.
De algún tiempo a esta parte, al menos donde yo vivo, se han instalado paneles electrónicos que nos ofrecen una cuenta atrás hasta la llegada de nuestro vagón. La idea es la hostia, pero curiosamente cada vez que levantamos la vista del libro nos damos cuenta de que cada vez queda lo mismo para que llegue. Extrañados, dedicamos nuestra atención a seguir dicha cuenta, y oh, sorpresa, cuando quedan 50 segundos para que llegue, milagrosamente el panel decide resetearse y situarse en la fantástica cifra de 1 minuto y cuarenta segundos. Y así vuelve a suceder hasta que nos damos cuenta de que el panel ha absorbido nuestra alma y nuestro cerebro está a punto de derretirse.
Por fin llega nuestro metro y, diligentemente, dejamos salir para poder entrar. Excepto, por supuesto, la encantadora señora mayor que permanece inamovible ante las puertas, y, cual panzer, accede al interior del vagón cuando las puertas apenas han abierto. Con un ágil movimiento (aunque claro, a su familia les cuenta que casi no puede andar), le roba en las narices el sitio a cualquier cándido que confiara en las leyes del tiempo y el espacio.
Como ya nos vamos a pasar todo el día sentados en la oficina, decidimos apoyarnos contra la pared y dedicar un estudio más profundo a lo que nos rodea.
Para empezar, el maldito niñato de los auriculares se nos sitúa justo al lado para que oigamos perfectamente lo que está escuchando en su mp3. Aunque creemos que el término “escuchar” no encaja precisamente con lo que se puede hacer con semejante música. Tal vez “desechar”, o “derogar bajo pena de muerte” tendría más sentido. Aaaaaaaah! Que todavía se lleva el tema de la música “máquina”. Perdón, joder, es que estamos desfasados. Pensaba que un martillo pilón y una sirena de ambulancia jamás podrían ponerse de acuerdo para generar tanto ruido.
Pero ah, amante de los “80-90”, esto está cambiando. A nuestra izquierda, podemos encontrar otro grupito de adolescentes que ha decidido que los auriculares son perjudiciales para los oídos, así que nos deleitan con una infumable melodía que repite continuamente “perrea”, “muévelo”, “calentito” o “mi amol”. Fantástico.
Y aquí es cuando nos preguntamos quién será el inventor del dicho “Unos tantos y otros tan poco”. Ya que la señora de enfrente se ha echado perfume como para destruir toda vida en una sala sin ventilación. Sin embargo, el sobaco del gañán de al lado reclama urgentemente un tratamiento anti-stress.
Finalmente, conseguimos abandonar la lata de sardinas y corremos hacia el exterior. ¿Por qué narices no se pondrán a la derecha? Sorteando a los sonámbulos de primera hora, conseguimos llegar a la salida.
“Perdona… es que me falta un euro para pillar el metro y…” ¿pero yo no te he visto antes?