Mar 16 2008
Capítulo I
CAPÍTULO I
“¿A qué crees que estás jugando? Esto es la vida real, chico.”
(Bastiaan. Instruyendo a los más jóvenes).
Entre la niebla del tabaco, Marcos manosea inquieto los dados. Protegido tras su pantalla de cartón, que se eleva para ocultar los secretos de la aventura, alza la vista para mirar fijamente al resto de compañeros de juego. La partida de rol está a punto de empezar.
Como narrador de historias, Marcos debía situar a sus jugadores en el escenario, alimentando sus mentes con detalles y situaciones de un mundo paralelo.
¿Qué seria hoy? Tal vez rescatar una princesa, o acabar con el tirano y déspota regente de un pueblo atormentado. Alrededor de la mesa de juego, Marcos seguía aferrándose a un mundo de fantasía donde poderosos magos y guerreros libraban épicas batallas. Donde la realidad moría a manos de una espada o un hechizo.
Nadie diría que aquel grupo de jóvenes universitarios eran en esos momentos seres fantásticos. Las fichas de los personajes, su “alter ego” de la partida, reclamaban cobrar vida del papel. Aventureros que no tenían que preocuparse por los exámenes del trimestre, o por pagar el alquiler del piso. Pensar, hablar y actuar como un personaje, siguiendo las instrucciones de un Director de Juego caprichoso, que interpondría mil trampas en su camino hacia la victoria.
- ¡Estáis locos haciendo estas cosas! – Marcos piensa en el comentario que le dedicó una compañera de clase del grupo -. Estos juegos son para psicópatas.
- Tienes razón, pero no te preocupes – le contestó Marcos, impasible -. Estoy tan perturbado que mañana iré a tu casa enfundado en una coraza medieval, y al verte salir me lanzaré hacia ti con una espada para empalmarte con ella y dejar tu cadáver en la plaza, como ejemplo de lo que puede llegar a hacer un jugador de rol.
Sumido en este pensamiento, Marcos se dirige a aquel grupo de aventureros.
- Bien. Imaginad que os encontráis en la mesa de la taberna, cuando la puerta se abre con un gran estruendo – Marcos contribuye a la ambientación golpeando la mesa – y aparece una patrulla de orcos. Podéis reconocer de inmediato al jefe de la patrulla. Tiene una envergadura descomunal, y sus afilados colmillos brillan en la penumbra. Olisquea el aire como un cerdo, y sus hundidos y porcinos ojos os miran directamente. Su piel, de color ocre, desprende un nauseabundo olor al acercarse…
- ¡Le reviento la cabeza con mi martillo! – grita Saúl.
Saúl era lo que algunos adultos llaman “parásito social”. Estudiaba Geografía e Historia, aunque no sabía qué aspecto tenía su facultad, puesto que no había ido nunca. Alex siempre comentaba que Saúl no recordaba el día de su matriculación porque estaba convencido de que fue secuestrado y obligado a firmar por algún ser que lo hipnotizó. Aunque Saúl no lo reconociera, todos sus amigos sabían perfectamente que ese ente era conocido con el nombre vulgar de “madre”.
- ¿Otra vez? ¡No puedes golpear a todo lo que se mueve o respira! – interviene Alex.
Alex estudiaba Ciencias Políticas, y estaba convencido de que podía llegar a dominar el mundo. Era como ver al típico malo de cualquier cómic, encerrado en su laboratorio, elucubrando malvados planes para someter a la humanidad.
Hace cuatro años, mientras hacía fotocopias en la biblioteca, Alex vio un anuncio en el campus dónde se decía que se otorgaba un crédito y medio por el simple hecho de jugar a rol. Alex se apuntó para, como él decía, “apartar su mente de otros estados mentales”. Allí conoció a Marcos, a David y, sobre todo, a Saúl, con quien hizo una gran amistad rápidamente.
- ¿Por qué no? – contesta Saúl -. ¡Es un maldito orco! ¿Para qué hablar?
Saúl coge los dados, dispuesto a que su personaje saque una buena tirada de ataque. En las partidas de rol, las habilidades de los personajes, representadas por valores numéricos, son modificadas por el azar, normalmente en forma de lanzamiento de dados.
- Podríamos ver si somos capaces de obtener alguna información de ellos – como viene siendo habitual, David ofrece su serenidad al resto del grupo.
- De acuerdo, pero hablo yo – replica Alex.
- De acuerdo – continúa Marcos, mirando a Alex -. Los orcos, en su lengua negra, que recuerdo que dominas tan bien como yo el groenlandés, te preguntan, ¿Quiénes sois y qué hacéis aquí?
- ¿Que quienes somos? ¿No reconoces a un orco cuando lo ves?
Tras un largo minuto de silencio, Marcos consigue salir de su sorpresa y, furioso, se encara con Alex.
- ¿Me estás diciendo que le intentas convencer de que eres un orco?
- Sí, ¿qué pasa? ¡Son estúpidos!
- Sí. Estúpidos como para escribir un libro, ¡pero no como para confundir un humano, un enano y un elfo con un grupo de orcos! Fisonomía básica, Alex. Orco igual a feo, enorme y con muchas cosas puntiagudas asomando por la boca. Enano igual a bajito, peludo y, por lo que acabas de hacer, menos listo que la media.
- Prueba.
Alex era un especialista en poner a prueba la capacidad de reacción del ser humano. De hecho, la mayoría de profesores le tenían pánico. Muchos de ellos preferían al típico estudiante de última fila que no prestaba atención, pero tener a Alex en clase podía llegar a ser desesperante. No todo el claustro soportaba la presión de alguien que te miraba fijamente durante dos horas, evaluando y estudiando cada palabra, cada afirmación. Un error, un paso en falso, y estabas muerto. Las preguntas de Alex eran famosas por su capacidad de hundir en la miseria al más veterano de los catedráticos. Debido a este hecho, entre los departamentos de su facultad había bofetadas por su tesis… ¡por no tutorizarla!
Con aire de victoria, Marcos sigue con el interrogatorio.
- Bien, como quieras. El orco te pregunta, ¿Orcos? ¿Y la barba de éste? – grita Marcos, señalando a Saúl -. ¡A mí me parece la de un enano!
Marcos nunca entendió porqué Saúl siempre quería representar el personaje de un enano. “Enano” no era precisamente la palabra para describir a una mole de más de ciento veinte kilos y casi dos metros de altura. Sin embargo, cuando jugaba, Saúl tenía que hacer ver que su personaje medía metro y medio y que su barba apenas dejaba entrever la cara.
- Es la última moda en la ciudad. Y las trenzas también – contesta Alex, impasible.
Las risas de David y Saúl se dejan oír en la habitación. No hay manera de conseguir que se tomen la ambientación en serio, pero esta vez no podrán conmigo – piensa Marcos.
- Muy bonito. ¿Y qué hay de tu acento? – pregunta Marcos, inquisitorio.
- Si fueses un orco cultivado, reconocerías el dialecto de los “Orcos de la Marca Roja” – contesta Alex -.
- ¿Qué? No conozco ninguna tribu “de la Marca Roja”.
- Pues entonces ellos tampoco, por eso.
De nuevo, vuelven las risas a la mesa.
- ¿Ah, sí? ¿Y la altura de éste? – le increpa Marcos, absolutamente fuera de sí mientras señala a Saúl -. ¡Si me llega a la cintura!
- Esto… ¿sietemesino?
El absceso de risa de Saúl casi lo hace caer de su silla. Marcos, fuera de sus casillas, empieza a vociferar sin control.
- ¡Muy bien! ¡Ya basta! ¡Los orcos sacan las espadas y os atacan!
- ¡Por fin! – sonríe Saúl -. ¿Ves como no hacía falta tanta cháchara?
- ¡Iros a tomar por el culo! – grita Marcos, mientras se desploma en su silla.
- Ya estamos otra vez, paciencia – suspira David, dándole unos golpecitos amistosos en el hombro.
Marcos y David estudiaban en la facultad de Psicología, donde pasaban la mayor parte del día, entre cerveza y cerveza, consiguiendo los exámenes de años pasados. Ser un estudiante con reputación en la facultad exigía horas de dedicación al estudio de la fauna y flora (sobre todo, fumable) del bar de la universidad. Podías medir el status de cada estudiante por la cantidad de personas que lo saludaban en la cafetería. Menos de cinco, inaceptable; más de veinte, toda una leyenda.
Marcos y David eran de este último grupo. Como cualquier universitario que se enorgulleciera de ser denominado como tal, lo único que se podía hacer en la facultad era fumar y jugar a cartas, en cualquiera de sus variantes de juego, entre las que se podía destacar el “mil kilómetros”, el “hijo puta”, el “cinquillo” o, como no, los incombustibles mus o póquer.
De hecho, el gerente del bar de la facultad se hartaba de avisarlos sobre las normas acerca de jugar con dinero en un sitio público, a lo que siempre le respondían que cómo demonios se podía jugar al póquer sin apostar.
- ¡Pues jugáis con garbanzos! – había llegado a decir aquel personaje.
Después de una breve conferencia sobre las innumerables formas de poner en relación un garbanzo y los diferentes orificios corporales, Marcos y David tuvieron que elegir entre abandonar las cartas o sabotear a aquel pobre hombre. Al cabo de dos semanas, dimitió del cargo.
La partida había llegado a su fin.
- Bien, caballeros, con esto doy por finalizada la sesión de hoy – afirma Marcos.
El juego solía alargarse todo el día. Cuando no se trataba de pizza, se producía un pillaje y mutilación de la nevera del propietario. Sin embargo, si era Saúl quien traía la comida, la reunión se convertía también en un festín.
Pese a la inaptitud de Saúl por los estudios y la vida social, había una cosa que sabía hacer como nadie, cocinar. Saúl dividía su tiempo vital en cuatro tareas, muy bien administradas en el tiempo. Ver los canales de cocina por satélite, jugar a rol, cocinar y fumar marihuana, y no precisamente por este orden. Además, la última afición solía estar representada en forma de constante, no de suceso.
Era un monstruo en la cocina. Innovador, creativo y una máquina de hacer croquetas. Una vez por semana, una empresa de catering para ejecutivos pasaba por su casa a recoger todo lo que había cocinado… con un camión. Porque la cocina de Saúl no era como la de cualquier hijo de vecino. Allí podíamos encontrar tres hornos, cuatro microondas y seis neveras, además de un perro de la raza “zeppelín” (curiosa variante que se caracteriza por su habilidad de mantener las patas escondidas bajo capas y capas de grasa) y un cobaya de nombre “ser lerdo”.
Sus compañeros estaban hartos de decirle que no era del todo higiénico dejar entrar a los animales a la cocina, dada la naturaleza de su trabajo. Sin embargo, Saúl mantenía que la opinión de sus mascotas era vital en la elaboración de un plato. Los dos probaban cada una de sus creaciones, y Saúl afirmaba que era capaz de leer en sus ojos el nivel de calidad de una innovación.
A todos los amigos les costaba mucho trabajo considerar aquellos engendros como expertos en gastronomía. Sobre todo cuando éstos eran capaces de comerse sus propios excrementos.
- ¿Cuándo continuamos? – pregunta Saúl.
- Bien, yo creo que la campaña nos llevará como mucho tres días, así que podemos continuar mañana a la misma hora – contesta Marcos.
- ¡Pero mañana es domingo! – gimotea Saúl –. ¡Necesito dormir, yo!
- ¡Pero si después te pasas toda la noche mirando los canales porno del digital! – contesta Alex -. ¡No me vengas con historias!
- ¿Qué pasa? ¡Debo hacer ejercicio, sino se duerme!
- Si, está claro – interviene David -. Y si no la usas, se irá metiendo para adentro, para adentro, para adentro y, ¿qué tendrás? ¡Un coño!
- ¡Ja, ja, ja! ¡Muy gracioso!
Mientras Marcos recoge el libro de reglas y sus apuntes, empieza a patear el culo de sus compañeros.
- ¡Va, espabilad! ¡Que tengo que ir a ver a Diana!
- ¡Hombre! – exclama Alex, mirando a Saúl y realizando obscenos gestos arriba y abajo con el brazo –. ¡Al menos hay alguien que hace algo más que darle al manubrio como un mono!
- Vigila, que te la estás ganando – advierte Marcos, en tono de cachondeo.
- Creía que me quedaba algo… – dice Saúl mientras rebusca en el paquete de tabaco. ¿Alguien tiene papel?
- ¿Queréis dejar de fumar porros en la puerta de mi casa? La puta vecina de arriba siempre está mirando.
- ¡Que le den! – grita Alex, mientras alza el dedo anular en dirección a la ventana iluminada.
- Muy educado – contesta Marcos, resignado –. Bueno, a cascarla. Nos vemos mañana.
Dándose media vuelta, Marcos saca el móvil del bolsillo y empieza a inspeccionar la agenda. Cuando levanta la vista, con el móvil en una mano, instintivamente levanta la otra para protegerse de los dos potentes faros que le alumbran directamente.
El frenazo y el sonido del impacto hacen que los tres compañeros vuelvan rápidamente las cabezas.
- ¡Mierda, no! – exclama aterrorizado Saúl, todavía con el papel y el cigarro en la mano.
A su lado, un móvil medio destrozado emite una leve voz femenina. – ¿Hola? ¿Marcos? Oye, si te estás quedando conmigo…