Mar 16 2008
Capítulo II
CAPÍTULO II
“Nunca sabes que te espera al otro lado. Haz entrar un compañero primero.”
(Sharkan – Artes de ocultación y asedio)
Espiando desde la oscuridad, los pensamientos de una rata viajan más rápido que el rayo. Husmear, sacar la cabeza, hacer una pequeña carrera, pararse, husmear y, finalmente, mordisquear algún que otro hueso. Como parte de la vigésimo octava generación de roedores, esta mazmorra ha sido su hogar desde que nació. Y la verdad es que no se podía quejar. Desde hace unos años, de forma regular, hombres muertos y vivos eran lanzados al interior de su oscura, fría y amada prisión.
Aquí y allí miles de huesos formaban pequeños montículos, y restos putrefactos de los más recientes regalaban a los sentidos un hedor propio de un hogar al que llamar como tal. Ni ventanas, ni falsas paredes, ni luz. Tan sólo la poca claridad que se filtraba a través de la reja ubicada en la parte superior, a unos siete metros, usada como lanzadora de cuerpos.
Hoy, de nuevo, la reja se abre y otro cuerpo hace explotar huesos y cráneos en mil trozos con su caída. Otra vez a correr hacia a la madriguera…
- ¡Uf! ¡Por Dallin! ¡Qué daño!
La figura se retuerce sobre la montaña de cadáveres y cae por uno de los laterales. De rodillas, con las manos en los riñones, levanta el puño hacia el agujero, y grita.
- ¡Malditos! Cuando os pille, os destrozaré, os desmembraré, os machacaré, os…
Sin obtener respuesta, una llovizna de color dorado empieza a mojar su cabeza. Absolutamente fuera de sí, se incorpora sacudiendo la cabeza, y vuelve a berrear.
- ¡Bastardos! Más os vale que no salga de aquí nunca, porque os buscaré, os empalmaré, os destrozaré, os aniquilaré, os… os… ¡Aaaaaaaaaaaaaaargh! – grita la figura, mientras rueda montículo abajo.
La rata, que ha observado toda la escena desde su escondrijo, hacía tiempo que no veía nadie tan interesado en comprobar la resistencia de las paredes de la mazmorra con su cabeza. Además, se reconoce que el mozo tiene unos buenos músculos. Perfecto, más carne para roer.
Este personaje que maldecía la familia de más de un guardia, era Gavrie. Si tuviésemos que encontrar tres calificativos para describirle, podríamos decir que era impetuoso, noble e impetuoso.
Ya desde pequeño, Gavrie era el terror de su pueblo. Se trataba de un pueblo más bien humilde, donde los labradores que allí trabajaban todavía no habían accedido al nivel cultural que permitía usar la palabra “hiperactivo”. Con sólo seis años, Gavrie se dedicaba todo el día a correr de aquí a allá pisando pies y fustigando piernas con su inseparable juguete, una espada de madera que era la amenaza de las rodillas del pueblo.
La madre de Gavrie ya hacía tiempo que había desistido de ponerlo en cintura. La última vez intentó ser más creativa, y explicó a su hijo la historia del malvado “hombre-víbora”. La historia venía a decir que si un niño no se portaba bien, el hombre-víbora se colaba de noche en la casa y mataba a la madre del chico con un veneno más poderoso que el del escorpión.
Desde luego, esta historia era inventada, pero Gavrie, lejos de optar por tranquilizarse, decidió montar guardia cada noche hasta que saliera el sol. Tras diez noches de amenazas y juramentos en la oscuridad, la madre de Gavrie optó por explicarle que el hombre-víbora se había enamorado de la mujer-calamar y que se habían marchado muy lejos para no volver.
Tras tres noches más, “por si las moscas”, Gavrie pudo dormir. Y su madre también. Esto demostraba la inconsciencia que le había perseguido toda su vida, pero también la nobleza de defender a quien pueda estar en peligro.
Con la mayoría de edad alcanzada, y aburrido de la vida a su pueblo, Gavrie decidió hacerse caza-recompensas y salir a vender su espada por alguna causa noble. Sueños en los cuales se rescataban princesas, se mataban dragones y se liberaban niños encarcelados. Sueños donde conseguía vencer al tirano, ser proclamado héroe nacional y obligado a casarse con alguna bella princesa como parte de la recompensa.
Aunque claro, para ello tuvo que cambiar su querida espada de madera por algo más cortante. De hecho, no hizo falta que ningún extraordinario herrero escondido en alguna secreta forja le hiciera una espada magnífica, ya que Gavrie la intercambió con un amable ladrón que pretendía robar en su granero. Dice la leyenda que aún defeca astillas aunque claro, sólo son habladurías.
Tras tres años errando de pueblo en pueblo, lo único que había conseguido era ayudar una vieja a encontrar su ropa interior que había caído a un río, zurrar una gallina que se negaba a poner huevos y descubrir el porqué nunca se debía subir a un árbol a rescatar un gato. Las cicatrices de su cara lo podían explicar con todo lujo de detalles.
Desde luego, sí que había tenido ofertas más lucrativas, pero siempre implicaban el asesinato de alguien, normalmente sin probar que era malvado, pero sí que era asquerosamente rico. Y ahora se encontraba aquí, en este agujero de mazmorra, maldiciendo su suerte y dando golpes contra las paredes. Y todo, como siempre, por culpa de su buena fe. ¿Cuándo aprendería?
La causa de todo fue la mujer que vendía fruta a la plaza. Ya había conseguido que le rebajara el precio de una pera cuando un par de guardias del cónsul, borrachos etílicos, empezaron a molestarla.
Gavrie intentó de todo; contar hasta cien, taparse los ojos, los oídos, cantar en voz alta… pero no pudo resistirlo. En tres segundos, un guardia besaba el suelo y el otro lo miraba fijamente mientras evaluaba los acabados de su espada.
Después de aquella magnífica demostración de habilitad con la espada, y, como siempre, de insensatez, diez guardias más cayeron sobre él provocándole la inconciencia.
Abatido, Gavrie contempla la oscuridad, cuando una voz rompe el silencio.
- ¿Has terminado de quejarte?